martes, 20 de diciembre de 2016

Novedad discográfica: El canto del viento

Nicolás Cardoso, charanguista argentino, ha llevado importantes obras de Yupanqui a este instrumento de origen andino.





“El canto del viento”
Atahualpa en charango

Nicolás Cardoso (charango)
Valentín Chocobar (canto con caja)

Producción independiente financiada por INAMU

Argentina, 2016


Héctor Roberto Chavero (1908 – 1992)  es una de las personalidades ineludibles en la música de raíz folklórica argentina, así como un precursor de la llamada “canción de autor” o “canción con fundamento”, que se desarrolló con fuerza a partir de los años 60 en Iberoamérica. Ha sido conocido internacionalmente con el seudónimo Atahualpa Yupanqui, asumiendo el valor y la identidad de los pueblos originarios de este continente. Yupanqui nació en Pergamino, al norte de la provincia de Buenos Aires. Durante su niñez viajó con su familia a Tucumán, tomando contacto con el paisaje y con las manifestaciones culturales de sus pobladores.  Tiempo después conoció Jujuy, los Valles Calchaquíes y otras regiones argentinas, asimilando saberes y transformándolos en notables composiciones.
Respecto al instrumento que lo acompañara casi toda su vida, Yupanqui opinaba: “La guitarra es fiel a la tierra, leal a su comarca. Adquiere el color de la planta, el aroma de la flor, el tono del ocaso, el silencio de las tierras secas, la gracia del prado generoso en gramíneas; traduce la alta noche serena y sabe filtrar ausencias con una controlada melodía”. [1]

El charango no era ajeno al saber del artista: “Cuando América india abrió su vientre para parir al cholo, el alma de los pueblos andinos vio nacer también su instrumento mestizo: el charango. Acerado cordaje tenso, diapasón breve; caja armónica hecha con la caparazón del armadillo cordillerano—quirquincho--; juntas, unidas con arcilla de las cumbres, mezcla de polvo gredoso y mineral azufrero; clavija de keñua, manzano o tamarindo. Ocho cuerdas. También diez, y también doce, según la comarca, según el ingenio del constructor, según el lujo del hombre del Ande. He aquí el charango”.
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“El charango no ha nacido en los pueblos. No tuvo alcoba. Ninguna pared recogió  su primer grito. Nació en los patios grandes como todo el campo, de frente a las cordilleras, junto a los ríos, oyendo al viento latiguear los cardones con su honda invisible y musical.” [2]

El arte de Yupanqui nació y creció de la observación, el aprendizaje de ritmos relacionados con el entorno del hombre y la mujer sencillos. El artista convivió con ellos, se relacionó con sus costumbres, vivió sus alegrías y sus penas y sólo así pudo plasmar la riqueza implícita en su cultura a través de refinadas poesías y melodías. La filosofía del recordado cantautor pergaminense encuentra en Nicolás Cardoso un fiel discípulo. Nicolás encuentra coincidencias estéticas que unen la obra de Yupanqui, profundamente argentina y latinoamericana, con el origen y desarrollo del charango. Como hemos apreciado en las propias palabras de Yupanqui, este instrumento nace en la grandeza del paisaje cordillerano, impregnándose de saberes e incluso de cierta dosis de misterio que hace aún más interesante la ejecución y la escucha de melodías ejecutadas por un charanguista.

Con acierto, Nicolás ha realizado para su primer disco una cuidada selección de obras, muchas de ellas compuestas por Yupanqui en diferentes momentos de su vida. Otras son piezas populares o de otros autores, como la propia Antonietta Pepin Fitzpatrick, esposa del artista que firmaba sus composiciones bajo el seudónimo de Pablo del Cerro.  Y así como Atahualpa prefería acompañarse y tocar melodías sólo con la guitarra, Nicolás toca el charango sin que ningún otro instrumento distraiga la audición de la melodía principal. El descifrar ritmos, cadencias, detalles, particularidades de cada obra para transcribirlas al charango ha sido, sin duda, una labor ardua pero fascinante por parte de Nicolás Cardoso.

El disco comienza con el Kaluyo de Huáscar, danza incaica que Yupanqui grabara por primera vez en 1943. En su melodía evoca la vida de Huáscar, duodécimo Inca del Tawantisuyo (estado sudamericano precolombino), con un notable desarrollo, pleno de matices, con una fuerza expresiva intensa y sutil a la vez.


Video: Kaluyo de Huáscar
© Nicolás Cardoso


Nicolás no concibe la música andina sin el canto con caja. Por este motivo ha encontrado en Valentín Chocobar al compañero ideal en esta fascinante aventura artística. Así se alternan charango y canto en diferentes partes del disco. Los indios, obra propia que Yupanqui grabara en 1979, está recreada por Valentín con honda expresividad, asumiendo el sentir del compositor en toda su dimensión.  Danza de la luna (Preludio andino N°1, 1942) nos permite apreciar plenamente la ejecución del charango, tal como si la obra original hubiese sido compuesta para ser tocada en este cordófono sudamericano. Por su parte, Pastoral india la quena (popular argentina) lleva implícitos acordes más sutiles, finamente punteados en delicada ejecución. 

La cueca La huanchaqueña, recopilada por Sergio Villar e incorporada por Yupanqui a su repertorio, aludiría a una bella mujer originaria de ese lugar del norte chileno. Sus alegres notas, desgranadas con gran sentimiento por Nicolás Cardoso anteceden a las coplas Bajando de los cerros. La versión es compartida por Nicolás (charango) y Valentín (canto con caja), aunando sabiduría popular andina en lograda recreación.

La zamba Siete de abril (Andrés Chazarreta), una de las obras de raíz folklórica más difundidas, registra antecedentes de versiones en charango. Sin embargo, el artista apela a su propia introspección para realizar una interpretación intimista, tan despojada como interesante. La nadita (Pablo del Cerro) es una hermosa chacarera que suena plena, intensa en su musicalidad, mientras que otra chacarera no menos famosa, La humilde, de Julián Antonio Díaz (“Cachilo”) y Oscar Valles evidencia una vez más el acierto de Nicolás en la elección y adaptación del repertorio.

El viaje musical por el norte argentino continúa a través de varias obras originales de Yupanqui. La primera de este segmento es la zamba La pobrecita, que su autor grabó por primera vez en 1946.  Muchos han sido los músicos que la han registrado desde entonces.  Valentín Chocobar ha adaptado Fin de la zafra (A. Yupanqui y Leopoldo Marafioti) al canto cordillerano, interpretado con pasión. El charango retoma protagonismo en  Noche en los cerros (Preludio andino N° 5), de 1944, una de las obras de juventud de don Ata, quien ha logrado captar los sonidos y silencios de los bellísimos paisajes norteños. Es bellísima la versión que podemos escuchar en este disco, al igual que la de La churqueña, zamba compuesta en la misma época.

Otro ritmo nacional, el gato, está presente a través de la pieza El pocas pulgas, en una versión que permite apreciar las diferentes posibilidades del toque de charango, otorgándole vuelo propio sin traicionar el espíritu de la obra original. El bailecito Se fue mi negra, obra popular adaptada por Yupanqui, nos trae con gran fuerza expresiva el espíritu de la quebrada jujeña. El broche de oro está dado por Huajra (Danza del maíz maduro) (1941), obra que muchos conocimos por primera vez en la versión del grupo chileno Inti-Illimani. Nicolás Cardoso realiza su peculiar recreación a partir de la versión en guitarra de su creador, una lectura propia a través de su sentir y talento. El canto del viento es, por lo antedicho, un disco ampliamente recomendable, del que resaltamos su enorme calidad artística. La presentación gráfica está a la altura del contenido sonoro y ha sido realizada por Darío Adessi.


Contacto:

valentinchocobar@gmail.com



[1] Revista “Folklore” N° 92, Buenos Aires, 20 de abril de 1965, pág. 34
[2] Revista “Folklore” N° 7, Buenos Aires, 1° de diciembre de 1961, página 44 (Ambas referencias forman parte, a su vez, del libro recopilatorio “Atahualpa Yupanqui. La tierra hechizada” de Schubert Flores Vassella y Héctor García Martínez. Del Cerno Editores. Buenos Aires, 2013)


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